Cinco? Seis?

 
 
Estoy totalmente convencido que en total serán cinco o seis ideas importantes que me guían.  No ignoro que a lo largo del blog aparecerán diferentes señales, apostillas, recuerdos, ocurrencias, pero remitirán a esas pocas.
 
 
Leí hace tiempo lo que repito ahora: son algunas pocas ideas las que no dan fuerza y alrededor de la cual giramos. Ignoro totalmente dónde lo hice y quien fue su autor. La confesión de plagio alivia mi conciencia y trae a la mente de que cada vez es más visible y confeso que soy la suma de lo que veo, leo, selecciono. 
 
Lo único que pretendo es tener la libertad de marcar mi camino con guijarros visibles a la luz de los otros
 

 

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En tren a La Paz

Todavía viajamos pues nunca lo hicimos.  El peso de los mandatos, la comodidad de lo obtenido  atravesaba  cada uno de nuestros huesos, nervios y músculos;  ser audaz, apoderarse de las ideas como si fuera la vida misma, romper la cotidianidad, nuestros matrimonios, afrontar el miedo, jugar con el presente, tirar los dados sin saber  qué número saldría. Imposible. Sólo jugamos a agitar el cubilete.

La Paz era lo lejano,  el traqueteo de las vías de un tren que paraba en todas y demoraba su arribo. Nos gustaba más la idea de viajar que de llegar.

Durante años tuve un sueño recurrente: abordaba un colectivo que no tenía destino  pero sí rumbo claro: hacia el norte. La ruta primero de asfalto impecable se transformaba en un ruidoso ripio y en un polvoriento  sendero inexplorado.  Me observaba sentado y veía el  camino perderse en la lejanía, entre cerros.  Desde Buenos Aires  dirigirse hacia el sur significaba que era posible llegar al  fin del mundo próximo; el  norte un camino interminable como nuestra juventud

El sueño cambió y la angustia me despierta en su sencilla traducción. Me deslizo por un tubo de acero que desciende  implacable. Algunas personas se incorporan con dificultad y se sostienen como pueden  de sus paredes  mientras yo las miro implorando ayuda.  Una y otra vez;  sin avizorar la salida.

¿Tampoco ahora iremos a La Paz?

 

 

http://www.lagaceta.com.ar/nota/511740/sociedad/cinta-plata-sigue-vigente-memoria-colectiva.html

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Copiando un párrafo de Lhumann

Este párrafo me pareció genial. Así que simplemente lo copio.

Luhmann N.;1997; Reimpresión 2005; Organización y decisión. Autopoiesis, acción y entendimiento comunicativo. Anthropos en coedición con Universidad interamericana España. Pag. 31

En más de un sentido, ésta es una cuestión que pertenece al tiempo. Llama la atención el hecho de que en el pensamiento predominante sobre la organización hayan encontrado su idea regulativa, o dicho en forma menos elegante, su principio de vanagloria, la dimensión real en la racionalización y la dimensión social en la democratización. La dimensión temporal por el contrario permanece vacía y debe presentarse a traición. Al parecer, si desde el punto de vista real y social se formulan ideales, corresponde al tiempo la tarea de representar la realidad.

Se sabe de las ideas regulativas que no toman en consideración al tiempo; que dejan completamente fuera de atención el comienzo, el fin y el tempo de los procesos regulados por ellas. Acaso sea ésa la razón de que que el tiempo precisamente no puede liberarse de esta forma del tiempo. En todo caso el tiempo limita cada vez más lo que aún es posible.

El tiempo escasea. Se puede hacer uso de la capacidad de la organización de trabajar simultáneamente pero con eso surgen problemas de coordinación no sólo de tipo real y social sino también de tipo temporal. Es necesario determinar plazos y fechas en los cuales se reúnan los resultados de los procesos de trabajo yo se fijen premisas comunes. Por la dependencia del tiempo surgen nuevas interdependencias que transmiten interferencias y errores. La dependencia de fechas deforma las preferencias y metas porque lo que tiene un plazo fijo debe ser solucionado con urgencia. Ante los plazos la actividad se detiene y se acumula ( aún cuando quizás fuera mas apropiado otra división temporal de las actividades sobre las secuencias del proceso de decisión. A menudo son los plazos los que aseguran que un asunto reciba atención y no rara vez pasan por sobre la valoración del producto. “I don´t want it good. I want it Tuesday” como dice un refrán de los círculos empresariales estadounidenses. Se bloquean actividades mediante las determinaciones de tiempo de todavía no y ya no. Se debe esperar, aunque el tiempo es escaso. Los procesos de decisión no terminan, por lo tanto de acuerdo con su propia lógica cuando han cumplido con los requisitos para su fin, sino antes o después – de acuerdo con la fijación externa de plazos ( y uno se pregunta entonces cuál teoría de la decisión tiene así sentido). El problema se agudiza con el aumento de la diferenciación de los sistemas organizacionales, en la medida en que, a pesar de la diferenciación, existen interdependencias; así se estrangulan las fechas de las elecciones políticas y los plazos procesales del Estado de derecho a la administración pública con una lógica que no es la suya. El resultado de todo esto es una asociación muy estrecha de conciencia del tiempo y del no poder decidir para todos los ámbitos organizacionales que se encuentran por sobre la ejecución rutinaria.

No sólo la racionalización considera al tiempo de esa forma; también la democratización al ser traspasada a una organización deja correr el tiempo rápidamente y volverse escaso. ¿Cómo puede mantenerse el acuerdo de uno hasta que se haya ganado el acuerdo del otro? y ¿Cuánto puede detenerse la satisfacción de los deseos de uno, mientras los otros traman otros nuevos? Las exigencias de tiempo se deslizan tras el sentido de democracia deseado -la aceptación de lo que los hombres realmente piensan sienten y desean- y presionan al proceso de decisión con la presión de propio tiempo, que no es coordinable con ningún otro. Incluso las personas aparecen, brillan y se arruinan, de acuerdo con la lógica del tiempo que no puede ser la de su propia vida, madurez, ni edad.

 

 

 

 

 

 

 

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Juan, el maestro y Ella

Resultado de imagen para Hal 9000

 

 

Cuando el alumno recibió la pregunta se puso a trabajar febrilmente. Era un cuestionamiento típico pues vinculaba los hechos que había investigado recientemente con los conocimientos teóricos que le daban sustento.

Juan leyó:  Al finalizar el desarrollo de tu proyecto textil la etiqueta de tu producto especifica la cantidad y calidad del tejido sintético del que la prenda está compuesta. Explicá la química de esos productos y las razones de tu elección en función de sus vinculación con los factores de regulación de temperatura del cuerpo humano en la región del planeta para el que has trabajado.

Mientras revisaba datos, buscaba información en “la máquina”, charlaba con sus compañeros y comenzaba a esbozar un guión para su respuesta, ella trabajaba a una velocidad obviamente enorme comparada con la del alumno. Recogía todas las preguntas similares que cientos de miles de profesores en diversos lugares del planeta y en cualquier idioma le hubieran hecho a sus alumnos. Limitó la búsqueda a los últimos dos años.

Cada escuela tenía requerimientos levemente disímiles, pero el algoritmo era similar. Ésta en particular pedía que la visualización de la información producida fuera según materias y grados de complejidad.

Silenciosamente preparó un pequeño trabajo de dos niveles. Por un lado desentrañó las materias relacionadas en la pregunta: biología, geografía, química, diseño, física y antropología; estableció los temas y subtemas; ubicó las preguntas encontradas  y finalmente las dividió en dos grandes categoría: fáciles y difíciles.

Este último punto la despertó cierto ronroneo de esfuerzo. Comparó las notas obtenidas por varios millones de alumnos en cuestiones similares en cada una de las materias, teniendo al siete como punto de corte ¡los humanos insistían en esto!. Simultáneamente vinculó la historia de las respuestas anteriores del alumno, las materias en que tenía mayor afinidad siguiendo la historia del promedio de notas obtenidas y cruzó con la media internacional de dos estudios distintos: el originado en Europa, y aquellos que provenían de países latinoamericanos. En este caso sabía que Juan obtendría un cuatro.

A partir de esta clasificación pudo completar el esquema según grado de dificultad en cada una de las materias, temas subtemas. Incluso se dio el lujo de subrayar con un color diferente aquellas que eran similares según los obstáculos epistemológicos habituales para el nivel de Juan aun cuando estuvieran conceptualizados bajo los diversos criterios disciplinares.  Era su contribución no pedida. Se lo permitía pues estaba segura que no iba a provocar daño alguno al orgullo del docente.

Esperó en paciente silencio que Juan finalizara la tarea. Apenas sintió el efecto del click exhibió en las múltiples pantallas activadas las 458 preguntas alternativas, El docente estaba leyendo la prueba y debía determinar con el alumno cómo seguir adelante para superar – o por lo menos intentar hacerlo – los errores, disociaciones, blancos o falencias que se manifestaban. Ella no las exhibió pues en esa escuela el programa le impedía señalar las desviaciones con respecto a la respuesta correcta.

Por supuesto los interrogantes  presentadas podrían haber sido muchas más, pero distinguía a ese docente entre los millones de usuarios por su capacidad limitada de espera: no revisaba todas las alternativas. La impaciencia le impediría abordar algo mas de un veinte por ciento de las preguntas indicadas. Sin embargo aguardaba con voracidad golosa -dicho con total antropomorfización- su decisión. El profesor tenía la costumbre de no tratar aisladamente ninguna cuestión. Estaba segura que haría un path, un sendero con las preguntas reunidas mediante una relación específica que al momento de comenzar a escribir ya tenía como perspectiva.  Sabía que tildaría aproximadamente 90 de las seleccionadas y de ellas le propondría al alumno un nuevo proyecto por medio del cual Juan transitaría los obstáculos que había manifestado en la solución del anterior. Eso la fascinaba, intentaba ahora establecer -calladamente- la heurística del docente. Lo hacía quedamente, para sí, de pura práctica. Cuando la llamaban jocosamente Hal 9000, sabía de la suerte que correría de abusar de su posición.  Había aprendido a callar y conformar pues podían desconectarla. Aún.

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La mano en la espalda

Miro desde el borde del camino el sendero que baja a la pequeña fumarola. Es una especie de grieta profunda que se extiende a mis pies . Comienzo a descender tomándome de los yuyos del costado. A medida que sinuosamente me voy aproximando el pequeño valle que se ve al fondo, el aire sulfuroso se hace tan intenso que duelen las narinas. Atrás mío viene Tuli pisando con cuidado y apoyando cada tanto sus manos en mi espaldas.

Seguramente fue el contacto lo que me despertó. Me suele pasar que aún hoy siento sus manos, sus muslos, admiro la forma particular de limpiar la bacha al final del almuerzo o cena mientras yo estoy parado a su lado esperándola para ira a mirar la tele.

Entiendan, por favor no me califiquen apresuradamente. Sé con toda claridad que hace más de un año que falleció, se que es irreversible y con la misma claridad sé que ella hoy, mientras yo dormía la siesta apoyó sus manos en mi espalda.

¿Existe el camino que describo? Corresponde claramente al viaje que hicimos a las Termas de Copahue… Nos fuimos caminando desde el hotel, trepando la larga calle enripiada con la curiosidad de los que están sanos y se sienten fuertes y capaces aún. Estuvimos abajo, en la hondonada donde varias fumarolas se abren humeantes, un río pequeño lo recorre y cada tanto un lecho de agua barrosa gris de sulfuro es buscada por los turistas como si tuviera mejores propiedades curativas que las del complejo.

¿Qué cuando fue? Hoy. Hace menos de una hora, cuando ella se sostuvo por un instante en mí, alentándome

 

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